LA RESPUESTA ESTÁ EN EL SILENCIO
Cuando aún no hemos terminado de saborear la satisfacción que nos provoca una decisión que creemos bien tomada, o, tal vez, de lamentarnos por no haber acertado en nuestra elección, la vida nos ofrece nuevos menús de retos y dilemas a los cuales debemos enfrentarnos. Un continuo enriquecimiento, pues, en el que vamos adquiriendo kilos de aprendizaje. Y en ese discurrir tan incesante y ante tal variada carta de menús, ¿quién no se ha visto alguna vez en la tesitura de elegir entre la razón o el corazón?
Eduardo Galeano parecía tenerlo claro. A él le gustaba la “gente sentipensante, que no separa la razón del corazón”; esto es, la que “siente y piensa a la vez, sin divorciar la cabeza del cuerpo, ni la emoción de la razón”. También, desde el punto de vista espiritual la teoría parece fácil: alinear pensamiento, sentimiento y acción para obtener un resultado coherente. Por tanto, en términos culinarios, seríamos estupendos cocineros si conociéramos la cantidad exacta de granos de cordura y de emoción que deben mezclarse para que el producto no resulte ni demasiado dulce ni demasiado amargo.
Sin embargo, poner en práctica la teoría no es tarea sencilla, ya que pueden abrirse tantos caminos como gustos y colores: en los más extremos, toparíamos con los racionales y los emocionales, en un tira y afloja entre lo que el pensamiento trata de imponer y lo que el corazón siente; y en los intermedios, con los indecisos y los analíticos, que, respectivamente, dejarán al azar la inclinación de la balanza o recurrirán a la tradicional lista de la compra de pros y contras.
Probablemente, dependiendo de las situaciones y sus circunstancias, habremos recorrido ya uno u otro camino. Pero ¿por qué no abogamos por el del silencio? Ese silencio deseado e introspectivo que te lleva a la calma y que te permite no solo encontrar respuestas, sino también encontrarte a ti mismo; ese silencio que te despierta en el momento de la madrugada en el que también surgen las buenas ideas; y ese silencio que, quizás, pueda abrirte el apetito por un buen plato combinado de razón y corazón.
Cuando aún no hemos terminado de saborear la satisfacción que nos provoca una decisión que creemos bien tomada, o, tal vez, de lamentarnos por no haber acertado en nuestra elección, la vida nos ofrece nuevos menús de retos y dilemas a los cuales debemos enfrentarnos. Un continuo enriquecimiento, pues, en el que vamos adquiriendo kilos de aprendizaje. Y en ese discurrir tan incesante y ante tal variada carta de menús, ¿quién no se ha visto alguna vez en la tesitura de elegir entre la razón o el corazón?
Eduardo Galeano parecía tenerlo claro. A él le gustaba la “gente sentipensante, que no separa la razón del corazón”; esto es, la que “siente y piensa a la vez, sin divorciar la cabeza del cuerpo, ni la emoción de la razón”. También, desde el punto de vista espiritual la teoría parece fácil: alinear pensamiento, sentimiento y acción para obtener un resultado coherente. Por tanto, en términos culinarios, seríamos estupendos cocineros si conociéramos la cantidad exacta de granos de cordura y de emoción que deben mezclarse para que el producto no resulte ni demasiado dulce ni demasiado amargo.
Sin embargo, poner en práctica la teoría no es tarea sencilla, ya que pueden abrirse tantos caminos como gustos y colores: en los más extremos, toparíamos con los racionales y los emocionales, en un tira y afloja entre lo que el pensamiento trata de imponer y lo que el corazón siente; y en los intermedios, con los indecisos y los analíticos, que, respectivamente, dejarán al azar la inclinación de la balanza o recurrirán a la tradicional lista de la compra de pros y contras.
Probablemente, dependiendo de las situaciones y sus circunstancias, habremos recorrido ya uno u otro camino. Pero ¿por qué no abogamos por el del silencio? Ese silencio deseado e introspectivo que te lleva a la calma y que te permite no solo encontrar respuestas, sino también encontrarte a ti mismo; ese silencio que te despierta en el momento de la madrugada en el que también surgen las buenas ideas; y ese silencio que, quizás, pueda abrirte el apetito por un buen plato combinado de razón y corazón.


