EL LENTO Y LARGO CAMINO HACIA LA ERRADICACIÓN DEL
HAMBRE
UN GRITO DE AUXILIO DESDE EL SAHEL Y EL CUERNO DE ÁFRICA
Por Sonia García Morilla
“No tenemos alimentos. Comemos
los residuos que antes dábamos al ganado y tengo miedo de que mis hijos se vayan
a morir”, cuenta Halima, sentada debajo de una sábana atada a cuatro palos
clavados en el suelo, su única casa. El drama de esta mujer nigerina y madre de
cuatro niños menores de cinco años, cuya familia ha comenzado a alimentarse a
base de mijo, madera de los árboles y de los desechos reservados para los
animales, es solo uno de los miles de
casos que existen en la zona del Sahel y el Cuerno
de África. Ambos son, según la Organización de las Naciones Unidas para la
Alimentación y la Agricultura (FAO),
los dos epicentros mundiales de inseguridad alimentaria, hambre y desnutrición.
Sin embargo, la grave crisis económica que sufren los países del norte, unida a
sus recortes presupuestarios en la
Ayuda al Desarrollo, se erigen como un muro que impide
desviar la mirada hacia esta llamada de socorro y que complica el camino
trazado hacia la eliminación del hambre hace algo más de una década.
![]() |
|
El hijo de Halima comiendo restos de mijo
|
Y es que la erradicación de la pobreza extrema y del hambre fue el primero de los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) que se adoptaron en el año 2000 por
Causas
La sequía crónica que sufre esta zona desde los últimos diez años, el incremento de los precios de los alimentos, el abandono de los gobiernos y donantes, y los conflictos armados en el norte de Malí, que han provocado miles de desplazados y refugiados, son los factores que explican la grave situación alimentaria de esta región africana. “Me honra que la gente local comparta los pocos recursos que tienen, aunque a veces me siento culpable cuando me dan un vaso de agua fría y pienso en lo que están sufriendo los que están aquí” cuenta Azahara Naziou, una refugiada de Malí que llegó a Níger con sus tres hijos huyendo de los bandidos que entraron en su aldea y robaron el ganado. “Cuando me fui no me podía traer nada porque tenía que llevar a mis hijos. Ni siquiera alimentos. Mi marido se ha ido a buscar trabajo al extranjero y yo voy pidiendo comida a la gente que me encuentro por el camino”, agrega.
Para Gonzalo Fanjul, autor del blog de EL PAÍS 3.500 Millones y ex director de investigaciones de Intermón Oxfam, las causas que han provocado esta situación en el Sahel no son diferentes de las que se dieron en los países del Cuerno de África: Etiopía, Somalia y el norte de Kenya. Lo que se vive en el Sahel es “una situación que afecta a decenas de países de todo el mundo con diferentes grados de intensidad”, afirma Fanjul, quien considera que vivimos en un “sistema alimentario roto”, ya que en torno a una tercera parte de la producción mundial de alimentos para consumo humano, según datos estadísticos de
Volatilidad de precios
A ello hay que añadir que desde
el año 2008 el precio de los alimentos básicos, como el trigo, el maíz o el
arroz, casi se ha triplicado, no solo por la crisis silenciosa que provoca el
cambio climático y por la nueva demanda de alimentos de países emergentes, como
China, sino también por el ansia voraz de los mercados. De este modo, la
producción de biocombustible en Europa y en los Estados Unidos, y la especulación
financiera sobre los alimentos han provocado una gran subida al alza de sus
precios. Pero todos estos riesgos no afectarían de forma tan drástica a los
consumidores y productores pobres, si estos no tuvieran una vulnerabilidad tan
acentuada. Debilidad que se ve reflejada en el hecho de que las poblaciones
pobres gastan la gran mayoría de sus ingresos (entre el 50% y el 70%) en comida,
por lo que una subida de precios para una familia de Níger, por ejemplo, tendrá
mucho más impacto que para una familia española (la cual emplea solo un 10% de
sus recursos en la compra de alimentos).
Hacia un sistema alimentario más justo
Ante este desolador panorama, José Esquinas, director de la Cátedra de Estudios de Hambre y Pobreza (CEHAP) en la Universidad de Córdoba, no duda en afirmar que no hay varias crisis (alimentaria, financiera, económica y ecológica), “sino una única crisis de valores y de ética”. No obstante, sus palabras también desprenden optimismo al considerar que “tenemos el deber de ser utópicos, ya que es posible terminar con el hambre”. Teniendo en cuenta que, a estimación de la FAO, para alimentar a una población en crecimiento que se espera supere la cifra de 9.000 millones en 2050 será necesario aumentar la producción agrícola en un 60% como mínimo, la solución pasa por evolucionar hacia un sistema alimentario más justo, basado en la equidad y la ecología, y garantizador de una producción y un reparto para todos.


No hay comentarios:
Publicar un comentario